Transmutación del sentimiento

Te quiero. Hoy estás más bella que nunca. Tu piel resplandeciente y tu sonrisa cómplice descubren un nuevo sabor en mis papilas gustativas, en esa gama de sabores que me identifican como una mañana soledada en el metro de New York, entre tantos rostros retorcidos, desconocidos, como si estuvieran congelados en el tiempo, esperando la catastrófica esperanza para empezar a vivir de nuevo.

Estás vos sola, entre la multitud, y te descubro entre coquetos copetes. Me decis “hola”, y yo te respondo “hola”, y empezamos la conversación ajena de tropiezos, tabúes y disparates eclesiásticos y posmodernistas del espacio donde estamos. Terminamos, despidiendo la tarde con un beso en la boca y una sonrisa cálida, como quien espera vuelva a suceder dicha ocasión, entre cafés y cigarrillos, canciones de Calamaro y Páez, buscando yo tener algo con vos, y vos tener algo conmigo.

La despedida solo es un paso más al autodescubrimiento, donde cuerpo y mente encuentran una nueva identidad, llena de placer y pasión. No es el fin del camino, sino solo parte de él, porque la muerte de un momento solo representa la transmutación material de una sensación hacia otro estado superior. Donde cada uno de nosotros nos encontramos siendo dioses de nosotros mismos.

Anuncios