Domingo de octubre

No tenías por que hacerme sentir tan mal… Ahora, después de todo lo acontecido, recuerdo aquella tarde en la que me dijiste: “dejáme ir”. Y yo te solté, porque te amaba, pero pensé que regresarías conmigo. Que era una ligera broma de esas que tanto te gusta hacer.

No muy pronto me dí cuenta que no estabas jugando aquella tarde de un domingo de octubre. Y yo, enamorado, vislumbraba un futuro acompañándote, mientras a vos ya te acompañaba otro estúpido. No quería sentirme mal cuando me percaté de ello, así que procuré obviar las circunstancias, y el único resultado fructífero fue un viaje mal logrado a lo profundo de mis sentimientos, donde me ahogué en un mar de lágrimas heladas.

Ahora, después de todo lo acontecido, comprendo que uno solo conserva lo que no amarra. Pero todavía me cuesta comprender que te necesito, y vos a mí no. ¿Sabes? Después de todo, siempre estuviste en lo correcto.

—–

Armando Sánchez. Ese era el nombre de aquella persona extraña que miraba en el espejo. Todavía no lograba contener el llanto, y no podía asistir al trabajo pensando que explotaría frente a la imagen de ella en la contraportada del libro. Ese libro al que yo le dediqué mi vida, y se la regalé a ella.

Ahora, tengo que tomar pastillas para poder dormir, o fumarme un cigarrillo, o mantenerme despierto, al vilo de la medianoche, pegado a mi computadora, procurando hacer algo productivo, pero sin ningún producto obtenido. Y es que la puerta del armario donde guardo todos los recuerdos que en una noche de impulsiva locura despegué de las paredes, no se puede abrir más. Le he clavado con suficiente fuerza que la puerta se ha encarnado en mi conciencia. Peor aún, ya ni siquiera tengo ropa que ponerme, y mañana empiezo a innovar en la moda. El constante cigarrillo, por su parte, invade el cenicero. No sé quién aguanta más: si ese trozo de cerámica que soporta todas mis penas a través del insensato humo, o yo que no soporto el humo a causa de mis penas.

La enfermedad va en progreso. Cada día, siento una molestia más grande en la garganta, y no puedo asegurar en qué consiste. Lo único que sé es que estoy enfermo, y no sé de qué, pero solo dos posibilidades plausibles se abren ante mis ojos: primero, el humo puede estarme causando un daño del cual luego me arrepentiré, pero mientras no lo sepa hago caso omiso; segundo, tanto llanto tragado han desgarrado mi esófago, razón por la cual de vez en cuando siento un intenso dolor en la parte derecha de mi pecho.

Lo importante de todo es que vos estás ausente, y pienso no culparte por todos mis errores causados por culpa de… pienso no culparte. Todos mis errores causados por culpa del podrido egoísmo que no te dejaba respirar. Por lo menos, deberías agradecerme que aprendiste a bailar ballet, de tanto andar de puntillas en una relación en la que no sabías si lo que ibas a decir sería motivo para molestarme. Yo también debería agradecerte, porque un día de tanto aprenderé que ese egoísmo recurrente no coadyuva a mantenerme en pie, ni a mantenerte a vos. Después de todo, el día que todas las mujeres piensen como vos, los hombres nos quedaremos solos.

05-12-07

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