Clásicas de Tipitapa en Charli’s Bar*

Comenzaron la noche temprano, dizque para regresar antes de medianoche a sus casas. Mientras llegaban a su destino inesperado, varios lugares se interpusieron invitando a aquellos jóvenes a degustar de las bebidas etílicas que ofrecía el local. El primero de ellos, con el nombre sumamente paradójico de “Bar Taberna El Pub”, no era muy agradable en el sentido que estaba casi vacío y una película porno adornaba el ambiente en un televisor de 21 pulgadas, matizada por canciones raperas de principios de los noventa.

Una cerveza cada uno con Bone Thugs and Harmony fue suficiente para cambiar de bar. Se montaron en la camioneta Toyota Hilux año 1999. Ignición y luego la radio. Las risas de cocaína de Eric Clapton acompañaron el camino hasta el Bar Goussen, un galerón que asemeja un taller mecánico abandonado. Una vez sentados, pidieron un litro de cerveza y se sentaron a contemplar por más de diez minutos como una mujer malgastaba los minutos del celular de su novio escuchando un cuento que seguramente la dejaría más preocupada, razón suficiente para empinarse cada vez más rápido el vaso de cerveza. Su novio con otro hombre, discutían sobre negocios, y de vez en cuando el novio le hacía caras a la mujer, como dándole a entender que ya era necesario cortar.

Más al fondo se encontraban dos parejas escuchando el cuento que llegaba hasta la mesa, mientras una mosca bohemia se posaba en sus vasos. Un cigarrillo detuvo por un momento la atención y fue suficiente para no continuarles el hilo a la conversación. “¿Fuego? ‘Onde la señora”, dijo el mesero y partió veloz con el litro vacío mientras volvía con otro, junto a la noticia que cerraban en cinco minutos. “Pero si son las diez apenas”, dijo el chino, a lo que la señora de la barra, por cuenta la administradora del bar respondió con un “es peligroso aquí.” No pasaron cinco minutos. Ni siquiera 2 y los meseros ya empezaban a levantar mesas, cerrar local y apagar las luces. El cementerio de máquinas junto a la mesa se volvió cada vez más tormentoso, y solo restó acabarse el litro de Toña lo más rápido posible, antes que nos dejaran durmiendo adentro. La visita formal al baño luego de haber pagado, por lavamanos un recipiente de Pinezol, y el consejo de la noche: “ni se les ocurra ir a un barcito aquí a las 2 cuadras que ahí matan.” Lo primero que pensaron fue “vamos”, pero las circunstancias, en realidad, no lo permitieron. Tampoco el riesgo era necesario.

Se fueron al Malecón a buscar esas cantinas que nunca acaban, pero solo quedaba el esqueleto de una disco. Mientras iban en la camioneta, un arma, posiblemente una Beretta 9mm pasó rodando frente a sus ojos.
– ¿Viste eso?
– ¿Era un arma?
– Era un arma. ¡Loco, un revólver!
– Un arma…
– Nos tiraron un arma.
– Al menos no fueron las balas.
– ¡Nos tiraron un arma!

El asunto quedó ahí, tirado en media calle, mientras buscaban otro bar dónde ir a ahogar sus penas aquellos dos pobres diablos enamorados. Y así, de cuadra en cuadra, pasando por San Antonio, se toparon con aquel bar que no traía un buen recuerdo: Charli’s Bar.

Dos años antes pasó uno de ellos en un taxi por ese bar recogiendo a un fulano que necesitaba ir a hacer un mandado. A solo tres kilómetros de su casa, el taxista se desvió por otras calles, rumbo a Acahualinca. “Aquí quedé”, pensó él, pero pensó que no podía ser así. No era el único en el taxi, iba otro pasajero. “Son cómplices” analizó, pero se percató que el otro pasajero se subió al taxi con su novia en la calle apuntando la placa del carro. El otro, el tercer pasajero, el que se montó en ese bar, resultó ser el jefe de la pandilla del barrio que necesita comprar más monte. Pararon en un expendio en Acahualinca junto a una Unidad Preventiva del Delito, esperando a que regresara el comprador, mientras un huelepega acechaba con un destornillador cualquier descuido del taxista que atento aguardaba con un cuchillo. Él en medio, entre cuchillo y destornillador, sin la posibilidad de subir un vidrio inexistente. Después de esa experiencia, él no le volvería a dar un taxista la dirección completa de su casa. A pesar de no sufrir daño alguno, la experiencia le enseñó a reconocer antes de montarse en un taxi, al conductor.

Ya sentados en una mesa junto a la rockonola del bar, empezaron a tomar Victoria, que estaba en promoción. Maná no dejaba de sonar después de haber programado El tango del pecado de Calle 13. Lamentablemente, el orden se respeta en el mundo de las máquinas. Pasaron dos, tres, cuatro, hasta seis cuando iniciaron las canciones deseadas. Llegó la mesera a limpiar la mesa, y aprovecharon para preguntarle cuántas canciones de Maná habían puestos los tipos de al lado. “Como seis”, respondió. Apenas llevaban dos. No es que no quisieran la presencia de maná en el bar, pero ese tipo de ambientes son más propios de un Sabina o Solís.

Doña Filena Ballesteros, como se llamaba la mesera, notó la desesperación y se dispuso a platicar. Una señora interesante, quien solo había encontrado tres personas con su mismo nombre en toda Managua. Sí, se había dedicado a buscarlas. Entonces, uno de los jóvenes sobresaltado quién sabe si por la señora misma o por la cerveza, prometió investigar su nombre y cuántas personas llamadas del mismo modo viven en Nicaragua. No pasaron ni quince minutos que se fue Doña Filena hacia la barra, cuando el señor de la par se volteó, cual sabio experimentado, a dar sus consejos a la juventud agasajadora y becerra del adultismo.

Los viles comentarios de Augusto César entraron por un oído y salieron por el otro, no porque fueran malos, sino porque la juventud ya está cansada de escuchar a los viejos borrachos decirles a los jóvenes que no beban. “Triunfen en la vida”, dijo el drogadicto de la esquina minutos más tarde. Además, las circunstancias eran las menos propicias para aconsejar sobre el uso y abuso de sustancias adictivas. De pronto, sonó Elvis Presley y el mal rato se olvidó. El Rey los acompaño gran parte de la noche, desplazando con sus caderas a Daddy Yankee, Tego y Don Omar. Incluso el mismo Pablo Milanés cedió su espacio a clásicos del Padrino Sinatra, acompañado de The Beatles y seguido por El Rey.

Muchos en el bar se quedaron extrañados que unos jóvenes no sólo conocieran de música vieja, sino también en inglés. Tanto así fue el acontecimiento que tuvieron la oportunidad de poner diez canciones más gracias a la solidaridad de otras personas cercanas. En un bar como ésos, la solidaridad se hace carne. Todo el mundo es familia ahí, y los “hermano de mi alma”, “bróder” y “prix” sobran. De pronto, se encontraron ellos dos con que eran los consentidos del bar. “Ya no tengo reales” no fue excusa para seguir tomando. Una dos, tres y hasta cuatro cervezas más. Entre las canciones de Elvis y los sabores de Victoria, Eddie Averruz, esteliano que se convirtió en el Padrino de la noche, contó parte de su historia. Una vez definidos estos términos de manera inconsciente, el resto de la noche se convertiría en lo que uno de ellos gritaría sobreexaltado, luego de un largo y contemporáneo silencio: “una noche de clásicos de Tipitapa en Charli’s Bar”.

Aunque nada diría su presencia, Eddie ya llevaba varios años llegando a ese bar a relajarse. Desde el 2002, para ser preciso. Había estudiado música, pero nunca terminó sus estudios, pues decidió experimentar con su vida en las esferas de la migración. Estuvo en Estados Unidos, Italia, Alemania y Austria, entre otras naciones europeas. Sabia de música, porque su mejor experiencia, según él y según los muchachos, fue cuando vivió en Estados Unidos, específicamente en New Orleans, la cuna del jazz y del blues.

No pasaría mucho tiempo cuando el mesero llegó a correrlos. “Ya estamos cerrando”. Entonces decidieron quedarse un rato en la acera del bar, mientras se terminan la última cerveza. Sin embargo, Eddie quiere seguir platicando, y antes que llegue una pequeña pandilla hasta donde estaban, éste anuncia: “Vámonos, que con éstos ya tuve problemas.” Se monta uno en la camioneta Land Rover color naranja de Eddie, mientras el otro los sigue en la Hilux. Llegan a una licorería 24 horas en la Calle 27 de Mayo, a seguir hablando de Elvis, de libros y poetas. Por ahí sale muchas veces Erick Blandón con su Barroco Descalzo a relucir, y la eterna discusión de la identidad perdida del norte y centro de Nicaragua.

Luego de un six pack de Toñas bien frías en la licorería, la noche es todavía corta sin saber qué hora es. La fiesta sigue. Supuestamente regresarían temprano, pero las responsabilidades quedaron ahogadas en las cuatro primeras cervezas de la noche. Entonces parten de nuevo, los tres: Eddie y los otros dos amigos. Llegaron a otro bar a disfrutar de las últimas cervezas, antes que uno de ellos se quedara dormido entre Tito El Bambino que sonaba en la rockonola y El Jinete que entonaba con su guitarra un desconocido señor. “Es hora de irse”, le dijo uno al otro, y éste entre un imparable hipo que más bien causaba risa y el paso desviado que le hacía casi caerse, se levantó súbitamente, se despidió de Eddie con la promesa de volverlo a ver y partieron.

Impresionados, un miércoles a las cuatro de la mañana, se encontraron los dos en la  camioneta con un silencio que no podían explicar. Solo llevaron 200 pesos esa noche, y habían tomado más de lo que todas sus vidas. De pronto, ya en silencio, uno de ellos asintió con la cabeza, como recordando un largo y glorioso pasado y concluyó entre Sabina y Fito Páez: “una noche de clásicos de Tipitapa en Charli’s Bar”.

*Crónica escrita para el curso Taller de Medios impresos II, de la carrera de Comunicación Social

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