Te quiero. Hoy estás más bella que nunca. Tu piel resplandeciente y tu sonrisa cómplice descubren un nuevo sabor en mis papilas gustativas, en esa gama de sabores que me identifican como una mañana soledada en el metro de New York, entre tantos rostros retorcidos, desconocidos, como si estuvieran congelados en el tiempo, esperando la catastrófica esperanza para empezar a vivir de nuevo.
Estás vos sola, entre la multitud, y te descubro entre coquetos copetes. Me decis “hola”, y yo te respondo “hola”, y empezamos la conversación ajena de tropiezos, tabúes y disparates eclesiásticos y posmodernistas del espacio donde estamos. Terminamos, despidiendo la tarde con un beso en la boca y una sonrisa cálida, como quien espera vuelva a suceder dicha ocasión, entre cafés y cigarrillos, canciones de Calamaro y Páez, buscando yo tener algo con vos, y vos tener algo conmigo.
La despedida solo es un paso más al autodescubrimiento, donde cuerpo y mente encuentran una nueva identidad, llena de placer y pasión. No es el fin del camino, sino solo parte de él, porque la muerte de un momento solo representa la transmutación material de una sensación hacia otro estado superior. Donde cada uno de nosotros nos encontramos siendo dioses de nosotros mismos.
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Las calles de Managua, al anochecer, son como las calles de cualquier pueblo, no importa su tamaño. Los perros deambulan por las calles como Pedro por su casa. Y así como los perros, deambulaba aquel taxista recogiendo posibles víctimas de un accidente de tránsito, entre otras catástrofes que puede esperarte la historia serena.
Aquella noche pretendía ser la misma: las calles desiertas, las casas fantasmas y los perros compitiendo con la infinita cantidad de taxis no disponibles para hacer el viaje por el lado oeste de la ciudad. Hay algunos aventureros que, sin vida que les importe, sin nada que perder, echan cualquier viajero y hacen cualquier viaje como si fuera el último. Esas son las personas que uno suele reconocer como verdaderas: las que viven sin preocupaciones, manteniendo el presente como frente de guerra, dispuestos a morir contra el tiempo hacedor de la historia, en el segundo más próximo que pueda herir su existencia. Aquel taxista era mucho más que esas personas, pues no solo se ganó mi respeto, sino también mi miedo.
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El siguiente es un cuento que escribí hace mucho, mucho tiempo, y que leyendo otras cosas por ahí, se me vino a la memoria…
Así pues, aquí se los dejo a continuación.
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Maldigo la burguesía de la ignorancia prepotente.
Destajo el espíritu altanero de las malcriadas
e insensatas almas.
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